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El gracioso abejorro

Toda mi vida he sido un hombre rutinario, quien trata de atender todos los aspectos de su vida mediante el orden de la rutina, lo que significa que  hasta mi tiempo libre es rutinario, ya que casi siempre consiste en lo mismo, a menos que algo extraordinario suceda, algo que no me es nada agradable cuando sucede.

Debido a que mi trabajo es sumamente demandante, el descanso es algo que tomo muy en serio, ya que si no hago buen uso de mi tiempo libre, simplemente no me recupero de la carga laboral y podría llegar el día, si no utilizo mi tiempo bien, en que no pueda trabajar en lo que trabajo.

Mi día verdadero de descanso son los domingos, cuando simplemente salgo al jardín y me acuesto en una hamaca de color azul y paso todo el día hasta llegar las altas horas de la tarde observando mis alrededores y escuchando los plácidos y tenues sonidos que un jardín bien cultivado inevitablemente emite.

Muchas veces, al estar echado en mi cómoda hamaca, me gusta, por alguna extraña razón, observar los contrastes y las similitudes que las cosas tienen entre sí, algo que a veces me sorprende enormemente al ver los resultados.

Hace poco, utilicé un par de domingos para esperar y clasificar a los tres o cuatro aviones que vuelan por mis cielos, los que muchas veces son VivaAerobus, yendo hacia algún destino.

Sin embargo, últimamente mi nueva obsesión y punto de fuga se centran en un abejorro que ha comenzado a visitar mi jardín desde hace poco tiempo y que parece tener una curiosidad extraña en mi persona, ya que siempre, a lo que parece ser la mitad de su rutina, viene a volar cerca de mi pecho, haciendo un par de extrañas piruetas, primero hacia el lado derecho y luego hacia el izquierdo.

Este abejorro me resulta muy bonito, ya que parece como si este tuviera un disfraz de terciopelo negro y anaranjado hecho a la medida por algún sastre con habilidades sobrenaturales.

Después de mucho tiempo de observarlo silenciosamente, me he dado cuenta de que aquel bonito insecto, como yo, también es un ser de una rutina inquebrantable, ya que cada que visita mi jardín, rico en flores y hiedras, siempre hace exactamente lo mismo.

Comienza siempre por llegar entre las 10:30  y 11:00 A.M, a orbitar el jardín en altitudes irregulares, volando de arriba para abajo muy velozmente que a veces puedo estar cerca de perderlo de vista.

Después el abejorro se aventura a volar muy bajo a nivel de piso, empujando suavemente alguno que otro pasto de un lado a otro por algunos minutos, lo que hace parecer una chispa de fuego con sombra botando una canica traviesa.

Al finalizar su expedición por los pastos es cuando viene a visitarme a mi hamaca, a demostrarme sus piruetas pulidas y refinadas, las cuales parece practicar por horas cuando está a solas.

Al finalizar su demostración, olímpicamente labrada, procede a explorar las esquinas de los techos de mi casa.

No fue hasta hace poco que noté que este abejorro vive en un pequeño agujero en la esquina de mi jardín, que solía pertenecer a un ratoncito quien desertó nuestro jardín; sin embargo, nada en la naturaleza es desaprovechado.

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No fumes

Hoy en día, muchas personas sufren males, molestias, degeneraciones corporales y  hasta una de las peores muertes, todos estos factores impuestos por su propia mano, que además pueden terminar con la vida de otras personas, por la irresponsabilidad y la debilidad de su propia voluntad.

Conocía a un hombre que era una de esas personas que habían nacido con la mayoría de los elementos que pueden hacer a un corazón muy feliz, ya que este hombre provenía de una buena familia; además tenía una inteligencia privilegiada, un trabajo que adoraba, una fortuna familiar muy grande, combinada con una de mayor proporción forjada por sus propias manos, y una salud de acero.

Su nombre no lo mencionaré en honor a su memoria, ya que una vez que dos caballeros aprietan sus manos, el respeto ente ellos debe cruzar la eternidad cuando hay honor el corazón de ambos.

Por esta razón lo llamaré simplemente mi amigo, a quien vi desintegrarse poco a poco, como un árbol a finales de otoño, algo que me causó infinita pena; sin embargo, puedo estar tranquilo, ya que traté de corregir sus hábitos muchas veces, hasta el grado de llegar a molestarse conmigo por periodos largos.

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Mi amigo era un abogado muy renombrado, quien formó su propio despacho desde los 28 años de edad, con quien trabajé muchas veces, debido a las inevitables complicaciones que nacen y mueren con los negocios.

Todo cliente que llegara a su despacho con algún problema podría estar seguro de que hallaría una solución, muchas veces en contra de todo pronóstico, y en un tiempo menor al esperado, algo que era su especialidad, terminar siempre antes de lo esperado.

Mi amigo rápidamente obtuvo un éxito y un renombre que la mayoría de los hombres que caminan hoy en día sobre la superficie del mundo nunca conocerán en todos los días de su vida.

Muchos hombres obtienen éxito y algunos de una manera rápida; sin embargo, muchas veces sucede que entre más rápido llega el éxito, la reputación desciende de una manera equivalente. Pero el caso de mi amigo no fue así, debido a que uno de sus pilares más fuertes era la ética y el respeto ajen; sin embargo, falló en aplicar estas virtudes a su propio ser.

A lo largo de su breve pero potente carrera, mi amigo comenzó a fumar de una manera desenfrenada, aumentando de sus cinco cigarros diarios a dos cajetillas y media cada día y muchas veces se levantaba a la mitad de la noche para fumar.

Aunque hay muchas personas cuyo organismo tarda mucho en recibir y en manifestar los daños prácticamente inevitables del cigarro, mi amigo desarrolló una catarata en el ojo izquierdo en cuestión de ocho años, ya que algunas veces el tabaquismo puede causar esta condición, por lo que se tuvo que someter forzosamente a un implante de lente intraocular catarata, que le arregló al menos esa condición.

Dos años después de eso, mi amigo sufrió una embolia por la misma causa, tras la cual murió y dejó a una esposa y una niña pequeña detrás.

¡No fumes!

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